20100620

En principio...

EN PRINCIPIO:
Conocí a la Doctora Etchebarne en 1976. Había decidido recomenzar mis estudios de Letras y me inscribí en el Profesorado de Castellano y Literatura con especialización en Literatura Infantil- Juvenil que se dictaba en el Instituto Summa.
Como desde 1974 había empezado a trabajar como maestro, el hecho de estudiar Literatura Infantil Juvenil me abría mil posibilidades, proyectos, ideas….
Desde adolescente había hecho teatro y a los 18 años conocí a mi maestro, el escritor, actor y director Hugo Loyácono. Maestro de vida, no sólo de actuación. Murió joven, no reconocido en su enorme dimensión, a los 51 años; pero sus enseñanzas jamás serán olvidadas, jamás.
No sabía que me esperaba, ahora, una maestra. Apareció ella: “ La Doctora”.
Ya en la primera clase habló de la narración oral como “un camino de acercamiento al libro.” Y ejemplificó. No contó un cuento completo, sólo algunas escenas. Pero con tal contundencia, que el que pudiera entender eso tendría en sus manos TODO lo que ella intentaba enseñar.
La narración de los comienzos de El potrillo ruano de Benito Lynch y de El hombrecito del azulejo de Mujica Lainez, más algunos pasajes claves de ambos cuentos fueron para mí la revelación de lo que podía producir la palabra, la voz, el gesto y el ademán para dejar de verla a ella (que estaba sentada detrás del escritorio) y ver a Leo arrojando higos a su hermano Mario o al albañil colocando azulejos y su cara de asombro al encontrar uno diferente.
Las aclaraciones posteriores sobre cómo afrontar lo literario para poder contarlo, fueron armas suficientes para poder adaptar y narrar cualquier autor que me interesara.
Solo bastaba “la ordenación argumental” y el hecho de que: “ El narrador no debe olvidar que a los niños les interesa la acción, lo que pasa en el cuento, no los detalles que lo adornan. Luego supe que eso vale para todo tipo de público.
En las clases siguientes desarrolló otros temas. Los que más me sorprendieron y me crearon un “cortocircuito mental” fueron los referidos a los juglares y la ubicación del narrador. Los juglares “usaban vestimentas llamativas” y los narradores, no. Además, el narrador debe estar sentado para contar.
¿Y yo que venía de estudiar y hacer teatro? ¿Y yo que me había imaginado máscaras para atraer más la atención? ¿Y yo que quería expresarme con todo el cuerpo saltando, corriendo, bailando?
Planteé a la Doctora mis dudas, mi sorpresa, mi disgusto, mi enojo… la respuesta fue muy simple; es la que figura en su libro El arte de narrar, un oficio olvidado ( 1975, Edit. Guadalupe, Buenos Aires; p. 119 y sgtes.):
“Recuérdese el encanto que tiene para los niños que están jugando, el hecho de que un adulto se les acerque y se siente con ellos.”
“… quien se queda de pie está más próximo a partir que el que se sienta.”
“…, Pero ocurre que en la narración, lo mismo que en la actuación, el movimiento que interesa es el interno, el que emana de nuestra compenetración con los personajes del cuento, de nuestra asimilación del espíritu del mismo;sólo así podrá trasuntarse a través de nuestro cuerpo, aunque éste permanezca inmóvil, pues como señala Stanislavsky:
“La inmovilidad externa… de quien se encuentra sentado en el escenario no implica pasividad. Puede estar sentado sin moverse en absoluto y al mismo tiempo, encontrarse en plena actividad. Y eso no es todo. Frecuentemente la inmovilidad es el resultado directo de la intensidad interna y son precisamente esas actividades íntimas las que poseen mayor importancia artística. La esencia del arte no se encuentra en su forma exterior sino en su contenido espiritual.”
Obsérvese de paso, que esta actuación es la única permitida al narrador y la que precisamente, lo diferencia del actor teatral, pues
“En el escenario es indispensable actuar, sea externa o internamente.”
Stanislavsky, C. (1960) Preparación del actor
Leviatán. P. 43
El impacto de esas clases fue tan enorme, tan concluyente, que a partir de ese momento mi vida (no sólo profesional) tomó otro rumbo.
En principio, como maestro, DEBÍA contar cuentos a mis chicos; no cabía la menor duda. El arma era de un poder extraordinario; los frutos incalculables. Y empecé. Mis primeros cuentos narrados, fueron, naturalmente, El potrillo ruano y El hombrecito del azulejo.
Mientras fui maestro de Lengua en primaria no paré de contar. Lo hacía sentado en una silla o, a veces, sobre el escritorio. Y lo hacía así, simplemente, sin láminas; con el solo recurso de la voz, el gesto y el ademán. Luego venía lo demás si los chicos querían, si el cuento se prestaba: el comentario oral del cuento, la expresión dramática, los títeres, la expresión plástica…
Nunca perdí de vista ante otros, estos dos consejos:
• “la narración en “la hora del cuento”, no tiende a enseñar nada. Sólo busca favorecer el despliegue de la imaginación creadora del niño, desatando, por la afectividad del relato, su capacidad para ver lo que oye o lo que él va creando mientras escucha.”
• “es preciso tener en cuenta, la necesidad de representar lo que sienten muchos niños, y las posibilidades esclarecedoras que esta actuación ofrece al maestro, al médico o al psiquiatra.
Así lo han entendido muchos maestros que puestos en la tarea de preparar obras con niños han recurrido a técnicas acordes con los modernos enfoques psicopedagógicos, que favorecen y encauzan la libre expresión de los niños, para darles la oportunidad de experimentar una verdadera catarsis.” ( Etchebarne, Op. Cit. Pgs. 123, 134 y sgtes.)

Aclaro que “la hora del cuento”… era cualquier hora, hasta tres o cuatro veces por semana. Los chicos enloquecían por traer libros, por leer, por confeccionar decorados, trajes y demás para sus representaciones.
Primero dramatizaban en el aula, inmediatamente después de la narración. Si el cuento les gustaba mucho y ofrecía posibilidades para un montaje teatral, al día siguiente empezaban a armar escenografías, luces…
El padre de uno de los alumnos, que era carpintero, confeccionó un teatro de títeres con el que los chicos de 7ª grado hacían representaciones para el resto de la escuela.
Capítulo aparte sería el referente al enriquecimiento de la libre expresión oral y escrita, el desarrollo de la imaginación creadora y de las habilidades manuales.
Como resumen de esos 10 años de trabajo en la escuela primaria, transcribo un texto inventado por una alumna de 11 años; para mí la mejor definición de lo que significa contar y oír un cuento:
EL CUENTO MÁGICO
Ayer, el Profesor Moreno nos estaba contando un cuento muy fantasioso. Una parte del texto decía:
- ¡Tengo alas, amigos, tengo alas! ¡Son muy pequeñas pero puedo volar!- dijo la niña, muy contenta.
- ¿Tú, alas? ¿Y desde cuándo?- preguntaron sus amigos, incrédulos.
- Desde este mismo momento; cuando ustedes me crean…
Cuando el profesor terminó este párrafo, se puso a reír a carcajadas enormes; a tal punto se reía, que estaba todo rojo, como un tomate maduro. De pronto, no se rió más; sino que se elevó por los aires y comenzó a reír de nuevo. Flotaba como si se tratase de una gaviota juguetona, suspendida en el aire. Más tarde, cinco minutos después, todos empezamos a flotar en el aire, chocándonos unos a otros sin poder bajar más. De repente, todos nos caímos haciendo un fuerte ruido. Sólo el profesor quedó arriba. Pero más tarde, también cayó él al suelo. Había terminado el cuento.
Los cuatro años durante los cuales me desempeñé como profesor de Lengua y Literatura en la escuela secundaria, la experiencia fue igualmente enriquecedora.
En 1977, “la Doctora” me invitó a contar en una presentación del “Club de narradores” que funcionaba en el Inst. SUMMA. Luego de esa hermosa experiencia, quedé como integrante del elenco que, por entonces, estaba formado, entre otros, por Carmen Bártolo, Nora Fonollosa y Marta Parma.
Todo era muy simple: un salón con sillas y una tarima mediana al frente. Entre el público, a veces, había más adultos que niños.
Con el “Club de narradores” contamos en universidades, escuelas, museos, programas de radio, bibliotecas de Buenos Aires y de otras provincias.
A partir de 1985 se produce una apertura capital: me invitan a narrar en el café del complejo teatral LA GRAN ALDEA. Y comenzaron a aparecer sutiles, muy sutiles divergencias con lo que venía haciendo: había una tarima, una silla como en el Inst. SUMMA, pero, además reflectores con distintos colores e intensidades, mesas para que el público tomara cómodamente sus tragos, equipo de sonido…Pero no era el Inst. SUMMA. El espacio tenía y pedía algo teatral. El camino estaba libre.
Primero: utilicé las luces. Cada cuento tenía un color; al terminar cada narración…descendía la intensidad hasta el apagón. Pero la gente que me conocía por haberme visto y oído en el Club me decía que le gustaba más…con la luz blanca del salón del Inst. SUMMA! Desistí De los reflectores; el clima debía crearlo yo.
Segundo: la vestimenta. Utilizaba para mis presentaciones traje negro y corbata. Era como otra persona el público. Podía “diferenciarme” con otro vestuario. Pero un día, un alumno del Profesorado me dijo: “Conté en una fiesta de mi escuela el cuento que Ud. cuenta, el de “los guapos”. Lo hice como hace Ud.: con sombrero gris ladeado y pañuelo blanco al cuello.” Pero…¡si yo no tenía nada puesto! Él aseguraba que sí, que tenía pañuelo y sombrero. Y no me había visto sólo una vez. Continué con traje negro y corbata.
Tercero: aprovechar el espacio para dar un toque más …”escénico”. Pero si sentado en la silla varias personas (y no sólo una vez) aseguraban haberme visto…¡correr desde una punta hasta la otra de la sala! Me quedé sentado.
Cuarto: incorporé la música en vivo. Trabajé, aproximadamente, cinco años con el guitarrista Agustín Hellín. De manera muy sutil e integrada, creaba climas antes, durante y después de cada cuento. En la mitad de la presentación, tenía su momento solista. La cosa funcionó de manera perfecta. Pasamos a llamarnos “Cuentos con guitarra”.
En 1995 presenté un espectáculo para narrador-actor con varios músicos que acompañaban, por momentos, lo que el personaje contaba. También monté un repertorio con música grabada, CUENTOS CON OBERTURA; cada cuento estaba precedido por una introducción instrumental que contaba, musicalmente, la historia que introducía.
En rigor, toda mi concepción de la narración oral quedó marcada y auxiliada, a partir de estas experiencias, por la música y el canto; tomé el cuento como una partitura.
Otra etapa sumamente enriquecedora, fue la invitación que se me hizo en 2002 al Festival de Bucaramanga (Colombia), gracias a mi “madrina de despegue internacional””, la narradora colombiana Carolina Rueda.
A partir de ese momento, todo sucedió de forma vertiginosa; otros festivales me esperaban en España, Colombia, Perú, Ecuador, Chile…
La frase que da título a este capítulo cobró, para mí, más fuerza desde entonces: EN PRINCIPIO. En principio…sí. En principio, no ¿O sí? ¿O no? Nosinonosí. No sé.
¿Es “recomendable” contar un cuento que dure 50 minutos? En principio, no. Pero he visto y oído a Oskar Corredor (Colombia) contar los capítulos centrales de una novela de manera absolutamente atrapante durante una hora y cuarto…y me pareció una experiencia extraordinaria.
¿Es “recomendable” contar una historia inventada, casi sobre la marcha, por un narrador vestido con sombrero de lana, faldas y botas rojas que se desplace por todo el gigantesco escenario vacío con saltos y corridas enloquecidas? En principio, no. Pero el colombiano Primo Rojas rompe todos los esquemas y convierte sus presentaciones en algo alucinante.
¿Y para contar mitos griegos hay que llenar un enorme escenario con todo tipo de objetos: palanganas con tierra, baldes con agua, muñecos de plástico de todos los tamaños… En principio, no. A no ser que lo haga Arnau Vilardebó (España), que durante dos horas juega como un niño endemoniado y nos hace partícipes de su diversión.
¿Se “puede” narrar mitología hindú bailando al mismo tiempo? En principio... ¿no? Sí, si baila y cuenta la francesa Natalie Le Boucher.
¿Se debe interrumpir un cuento permanentemente para hacer aclaraciones y otros divagues? Sí, si se es Victoria Gullón (España).
He visto excelentes narradores que, al mismo tiempo, eran excelentes titiriteros, arruinar una presentación donde intervenían bellísimos muñecos. He visto a otros extraordinarios cuenteros contar mientras mostraban gigantescas diapositivas, hermosas por cierto. Todo por prejuicio, por no confiar en la propia palabra, por pensar que, si no, los niños se aburren. He visto, he visto…muchos despropósitos, mucha “contaminación”.
¿Es importante la escenografía en un concierto de piano? ¿Los mimos hablan?
Sólo sé una cosa: el talento todo lo dirime. El genio. El arte no puede tener techo.
Aprendí mucho durante estos viajes: conocí otros lugares y otras culturas, hice valiosas amistades, confronté diversos estilos de contar y, lo más importante, reafirmé mi forma de encarar la narración oral: con la más absoluta sencillez, con el casi total despojo, con la “nada”. Salvo con la “escénica” utilización de la voz, el gesto, el ademán…y el silencio. El siempre invalorable silencio.
Gracias, Doctora Etchebarne. Gracias.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias,por este espléndido escrito
me ha fascinado y a la vez impulsado a interesarme por el valor inmenso,y amoroso de acompañar con la palabra,al niño,al adulto,al que sufre,al que se va,al que se siente perdido....acompañar,si,consolar,aliviar....Gracias por transmitir este arte...posible para todos....desde Españacon Amor SUSANA.....por primera vez.....pienso en educarme en el arte de La Narración....Gracias....

Mariel Molaguero dijo...

Juan... desde que te conocí en mi sexto grado (1981) de un colegio alemán que recordarás... desde que te escuché la primera vez que relatabas un cuento sentado sobre un pupitre y nos decías "yo me doy cuenta quiénes están escuchando realmente, porque ésos están con la boca abierta" (y entonces cerré un momento la boca)... desde que despertaste en mí los angelitos (o demonios?) de la escritura... no dejo de agradecer tu paso por mi camino! Sos una de las pocas personas que atesoro y sigo extrañando. Te quiero mucho!